Número 14
EDITORIAL: LA CIUDADANÍA
La democracia y su ideal cívico-político tienen un contenido moral con ribetes de utopía porque no son estados naturales que se dan sin esfuerzo
Del mismo modo que sabemos hoy que no podemos dejar la actividad económica a merced de las solas fuerzas del mercado, sabemos también que tampoco podemos dejar nuestra conciencia colectiva en manos de las ciegas inercias sociales o de las violencias ideológicas de cualquier especie. La ciudadanía es un estado jurídico y político pero también un estado de conciencia en el que nos mantenemos por un ejercicio consciente de voluntad. La democracia y su ideal cívico-político tienen un contenido moral con ribetes de utopía porque no son estados naturales que se dan sin esfuerzo.
La ciudadanía democrática, como la ciencia, como el derecho, la
técnica, y hasta el erotismo, la gastronomía y la buena educación,
pretenden ir más allá de lo natural y suponen un esfuerzo permanente de
cuidado.
La democracia misma es artificial y se contrapone al estado de naturaleza que impone la fuerza bruta. Es un arte, es decir un artificio que pretende introducir racionalidad allá donde no hay sino materia bruta, intereses en
conflicto, egoísmos sin límite. Aunque al día de hoy, sabemos que la mejor racionalidad es aquella que tiene en cuenta la acción de los factores irracionales, pero no para rendirse ante ellos, sino para dominarlos.
A pesar de la aparente hegemonía del discurso cívico-político, que
predomina en nuestra teoría política, nuestra práctica está sin embargo
atravesada por la tentación esencialista y absolutista de la que el
terrorismo fratricida que padecemos no es sino su más brutal expresión.
Como ciudadanos tenemos que relativizar el mito de las identidades
compactas, de las voces ancestrales y los casticismos con vocación
legisladora. Esa tensión entre lo político y lo identitario es
consustancial a la idea misma de ciudadanía.
Ese magma sentimental e inconsciente que subyace en toda sociedad no
puede ser simplemente negado, porque todo sentimiento reprimido es
doblemente peligroso, habrá que hacerle por lo tanto un sitio; pero por
otro lado es preciso tener siempre bajo vigilancia la tentación de
cualquier irracionalismo político y mantener más vivaz aún un
racionalismo cívico-político de lo universal, lo indiferenciado, lo
simplemente humano.
Hoy entendemos que no podemos ser sólo ciudadanos del mundo, lo que nos
convertiría en una nube flotando en el vacío; las fuentes de nuestro
"yo" manan de un aquí y un ahora del que no podemos escapar, pero no es
pensable tampoco una sola «ciudadanía del aquí» que pueda quedar
reducida a los límites de mi tribu cuando cada uno de nosotros es ya
hoy en día un mosaico de referencias culturales y nuestros intereses se
juegan en los cuatro puntos
cardinales.
La Revolución Francesa, a pesar de algunos de sus notables horrores históricos, es el origen de la "virtud republicana" y de la É del Hombre y del Ciudadano, continuidad ineludible del ideal de la ciudadanía clásica y una de las cotas de civilización más ambiciosas soñadas por los seres humanos, que trasciende el marco de lo puramente franco-francés o europeo y se convierte en un nivel de civilidad al que podemos y, creo, que debemos aspirar todos los seres humanos sin tener por ello que renunciar a aquellos particularismos que sean compatibles con ese nivel.
La genialidad de la ciudadanía consiste en pretender un orden político
que no se limite a ser una mera exaltación o celebración de
las comunidades sobre las que se funda, sino que va más allá: pretende
establecer un poder público al servicio de los ciudadanos
individualmente considerados y en su condición de tales y no tanto en
función de su identidad nacionalitaria, étnica, de clase o religiosa.
Conforme a ese propósito el centro y fundamento de lo político, no es
por lo tanto ninguna esencia colectiva, ni el «ius sanguinis», ni la
adhesión a una fe revelada por muy verdadera que ésta sea, ni la gloria
de una dinastía o de un partido político ola hegemonía de una etnia,
sino la realización material y moral de un ideal de convivencia en el
que sean posibles las mayores cotas de libertad, en un marco de
igualdad y solidaridad.
La Revolución Francesa, a pesar de algunos de sus notables horrores históricos, es el origen de la «virtud republicana» y de la ética de los Derechos del Hombre y del Ciudada