Número 15

¿RETROCESO MEDIEVAL COMO FORMA DE PROGRESO MADE IN USA?

Hoy, cuando parecía que haber alcanzado el siglo XXI y el Tercer Milenio, todo de golpe, iba a marcar un nuevo avance histórico para el tan sufrido género humano, otro Renacimiento pero a ser posible sin sangre ni demasiadas complicaciones de por medio, lo que nos hemos encontrado ha sido con una vuelta precipitada y más que preocupante a la Edad Media, Alta o Baja, como no podía ser menos de la mano de Estados Unidos, que hace ya muchísimo tiempo olvidó que por deber su independencia a una serie de ideales francmasónicos que irían acabando luego con las colonias de determinados países imperialistas, entre ellos España, hubiera debido, sin excusa alguna, respetarlos. Y aquí, al margen, conviene precisar que el inicio de la trifulca de las colonias norteamericanas con la entonces Madre Inglaterra y hoy Hermana, dueña de gran parte de aquellos territorios, sólo se debió a un abusivo aumento del gravamen sobre el té, impuesto desde el lejano Londres igual que otras tasas no tan controvertidas. Y es que el té, Hermanos, con limón o con leche, es el té.

Ese amargo retorno al apogeo de la oscuridad medieval no tiene su origen en el Once de Septiembre de 2001, que sinceramente lamentamos, cuando Estados Unidos estuvo por unas horas contra las cuerdas, como un boxeador medio noqueado y con sus centrales nucleares desguarnecidas ante cualquier posible ataque de aviones secuestrados, eventualidad infinitamente más grave que el derrumbamiento de las Torres Gemelas y algún otro edificio del World Trace Center neoyorquino. En todo caso, a partir de entonces el antedicho proceso se aceleró, arrastrándonos con él, pues no en vano somos provincia, y más modesta que otra cosa, no como cuando fuimos romanos de pleno derecho, del colosal Imperio USA.

 

Con todas sus guerras a cuestas, el siglo XIX fue todavía una época hasta cierto punto civilizada y hasta armónica, consecuencia lógica de la todavía cercana Revolución Francesa, también obra de nuestros Hermanos francmasones que acaso intuyeran una Europa nueva dirigida por una Francia libre y floreciente, que por desgracia hubo de pasar por una época llamada nada menos que Terror, a la sombra de la siniestra guillotina, con un Napoleón Bonaparte aprestándose a subir al dorado carro del poder.

 

Es precisamente en el siglo XX cuando los últimos diques de la razón se desmoronan y surge por doquier la barbarie, fundamentalmente en nuestra Europa: Gran Guerra a consecuencia del sempiterno conflicto serbio-bosnio; revolución bolchevique que puso punto final en Rusia al esquilmador zarismo anclado en un tiempo remoto; fratricida contienda española en la que participaron otros muchos países en plan de ensayo; auge y posterior voladura controlada del Nacionalsocialismo (y de paso de Alemania), con todas sus teorías sobre la superioridad aria y la necesidad de espacio vital hacia Oriente; Segunda Guerra Mundial o, mejor dicho, continuación de la Gran Guerra con mayor capacidad para la crueldad y el exterminio; división continental entre capitalismo y comunismo; caída de este último, que se nos había pintado como a la Bestia Negra y sólo resultó un tigre de papel, como su famoso Muro berlinés; brutal desguace de Yugoslavia, y de nuevo a las primeras planas Serbia, Bosnia y algún país más de tan conflictiva zona; y, por fin. desmoronamiento de la esclerotizada Iglesia Católica, a pesar de la fugaz pero muy esperanzadora revitalización que Juan XXIII le impuso, y a pesar también de las idas y venidas de otro Papa al que llevan los suyos en patineta, es decir, sin pisar el suelo ni en un sentido ni en otro; y eso que empezó dándole besos muy sentidos a la tierra, flexión incluida, pero sólo una,

allá donde llegara con su báculo al estilo Gaudí, pero tirando a lúgubre, y su guión blanquiamarillo con dibujitos en negro.

 

Lo malo fue que entre tal maremágnum cayeron también los valores que, positivos en unos casos y negativos en otros, habían venido sosteniendo mal que bien a la Humanidad, que ahora está asustada e irritable, y tiende a aislarse en formaciones defensivas con marcado aire tribal, empezando por la Organización del Tratado del Atlántico Norte y siguiendo con el desaparecido Pacto de Varsovia, capaces de enfrentarse unas a otras por cuestiones económicas, políticas, militares, históricas, geográficas y, desde luego, religiosas, cuando no por todas juntas a la vez para mayor alboroto y dar más contenido a los periódicos, que se venden mejor si hay desastres que contar.

 

Todo el siglo XX ha venido marcado por el avasallador expansionismo autoproteccionista de Estados Unidos, que empezó pulverizando al moribundo Imperio español y que ha acabado por convertir al país en la única superpotencia propiamente dicha a nivel planetario: una especie de Roma Imperial, sólo que infantilizada a base de Coca-Cola, hamburguesas y baseball, y proclive a rabietas que le han rodeado de unos cuantos amigos muy aduladores y bastantes enemigos más o menos irreconciliables. Y esto último sin darse cuenta, según dicen sus súbditos mientras no terminan de explicarse el por qué de ese Once de Septiembre, disimulando así el cómo fue posible que unos cuantos árabes fanatizados, punto menos que a lomos de un dromedario, hicieran lo que hicieron sin especiales problemas estratégicos, ante las mismísimas narices de unos servicios secretos que sólo consideran más eficaces a los israelíes.

 

El deseo norteamericano de dominio mundial nos lo ha venido anunciando y luego recordando a través de una larga serie de espantosas películas con mucho músculo, mucho fusil de asalto, mucho cazabombardero y una enorme dosis de patrioterismo con barras y estrellas, porque ya se sabe que hoy por hoy resulta un arma publicitaria mucho más eficaz el cine, por malo que sea, que el recuerdo de horrores ya lejanos y medio olvidados como Hamburgo, Dresde, Berlín, Hiroshima y Nagasaki, que acaso suenen por allá como a piezas de caza debidamente disecadas y guardadas en cualquier desván.

 

Lo dicho: los francmasones contribuimos a hacer posible la independencia de un gigantesco país con la esperanza de que fuese el vehículo de nuestros ideales de igualdad, legalidad y fraternidad; y ahora vemos cómo menosprecia a la Unión Europea y hasta a la propia Organización de Naciones Unidas, a la del Tratado del Atlántico Norte y, si preciso fuera, incluso a sus propios boy-scouts debidamente cocacolizados.

 

No, no debe extrañarnos estar de nuevo hundidos en ese cenagal oscuro y tenebroso de la Edad Media, fruto de un proceso iniciado hace más de una centuria con todo aquello de la voladura del Maine, fuera o no verdad. Lo que sí debiera extrañarnos es que se esté haciendo tan poco, a nivel de la alta política y desde luego a nivel religioso, para reintegrarnos a la época que nos corresponde por derecho propio. A este paso no vamos a llegar vivos al Renacimiento por venir, de la misma forma que Moisés no alcanzó la Tierra Prometida después de dar rodeos y más rodeos por el desierto de Sinai.

 

No le faltaba razón a George Bush II al exigir un Nuevo Orden Mundial hace ya más de un año; pero no el que luego puso en marcha desde el famoso despacho oval de la Casa Blanca o desde el salón de su rancho tejano, que igual da, generando guerras mayores y conflictos menores allá por donde se viera la sombra de un turbante, la punta curvada de una babucha y el contorno de una barba más bien larga, cuando no un bigote como el de Sadam Huseim. Si sin los talibán está Afganistán como está, para el caso en su sempiterna guerra civil, y no digamos el resto del mundo, empezando por el incendiado polvorín del Próximo y del Medio Oriente, que alguien explique de qué sirvió tan horrible guerra desde el aire, que siempre es más cómoda que por tierra y permite primero enseñar y luego vender a amigos y enemigos toda clase de bélicos juguetes de destrucción, dolor, insensatez v muerte.

 

Tormenta del Desierto, Libertad Duradera, ¿Sadam, Tarjeta Roja?... ¡qué asepsia en denominaciones tales y cuánto guante blanco para no irritar demasiado a terceros en discordia!

 

Librepensadores y personas de bien en general: si un día se fundó la Cruz Roja, una obra muy querida, ¿no se podría ahora establecer, por ejemplo, la Flecha Verde o quizá el Círculo Amarillo, que nos salvara todos de la tempestad histórica que nos ha caído encima?

 

JOSÉ MANUEL GARCÍA